Un deber de caballera2

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TEXTO: Begoña Álvarez Moratinos ILUSTRACIONES: Niñas y niños de la E.E.I. José Zorrilla de Gijón

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A María le gustaban los cuentos de dragones y castillos donde un caballero, de brillante armadura, peleaba con un fiero dragón para poder rescatar a la princesa. María leía y leía hasta que se le caían los ojos, soñaba con vestir esa armadura y galopar a lomos de un caballo de pelo negro veloz como el viento. Una de esas noches metida entre las sábanas, al abrigo de su camisón de colores, leyó una vez más hasta caer rendida.

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María casi no podía mantener los ojos abiertos pero aquella visión era más fuerte que su sueño así que hizo un esfuerzo y descubrió, un poquitín asustada, cómo se esfumaba por el hueco de la ventana. De repente, envuelta entre las sombras de la noche, la silueta de un dragón se deslizó suavemente por detrás del armario.

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Tras pensarlo unos segundos saltó de la cama dispuesta a correr tras él. -¡Si tuviera un caballo!, pensó, y fue entonces cuando cruzó la ventana un hermoso rocín negro como la noche, agitando sus crines con gesto impaciente en espera de jinete.

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María saltó sobre su lomo y un rayo de luna atravesó la estancia para convertir su camisón de colores en una reluciente armadura

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Era tal su agitación que no dudó ni un momento en salir al galope tras al rastro dejado por el dragón y en menos que cuento tres María se hallaba ante lo que parecía ser, sin duda, la cueva del monstruo.

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En su interior seguro que hallaría a una princesa cautiva de aquel bicho enorme con babas de fuego. Pero… allí estaba ella dispuesta a todo. ¡Salvaría a la princesa!, ¡La rescataría! Y después…, después…

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Cientos de preguntas golpeaban su cabeza

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Sí, allí estaba ella con su armadura, su caballo y sobre todo su sentido del deber que la obligaba a entrar en la cueva y salvar a la princesa

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Pero ella era, era… ¡UNA CHICA! y en ninguna de las historias de caballeros y princesas que habían acompañado sus horas de sueño recordaba que apareciera ninguna caballera. ¡Vaya fastidio! Su resplandeciente armadura, su hermoso caballo y un humeante dragón que, como todos los dragones del mundo habría cometido la desfachatez de secuestrar a una princesa, y ella, María, no sabía lo qué tenía que hacer.

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-¡Siempre hay una primera vez para una historia!, -¡seré la caballera que vence al dragón!

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Ni corta ni perezosa accedió al interior de la cueva que estaba oscura, húmeda y fría, el dragón dormía y su nariz parecía una vieja chimenea de la que salía un pestilente humo negro.

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¡Ni rastro de la princesa!, ¡Vaya chasco! Había llegado hasta allí para encontrarse un dragón dormilón y una cueva maloliente, ser caballera no parecía nada divertido. Se acercó sigilosamente, sus ojos se fueron acostumbrando a la oscuridad y así pudo adivinar la portezuela de donde salían aquellos lamentos De repente le pareció escuchar una voz lejana y lastimera que procedía del fondo de la cueva.

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Decidida la empujó y el chirrido de las bisagras acompañó su entrada.

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-¡Hola!, ¿eres la princesa cautiva?

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-¿Princesa?, ¡Ya hubiera querido yo ser princesa! ¡Soy el príncipe Teodoro! y ese tonto dragón meón y dormilón me secuestró y me trajo a su cueva.

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María miró con extrañeza a aquel joven moreno, larguirucho y un poco narigudo. Pero… ¿nadie vino a rescatarte? Venir lo que se dice venir… ¡vinieron a cientos!, ya pasaron por aquí caballeros de toda condición

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pero al comprobar que yo no era una princesa dieron media vuelta y volvieron a su castillo, y aquí me tienes aguantando los ronquidos de ese gusarapo y ¡hasta alguna que otra pedorreta!

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¡Pues yo soy una caballera, esta es mi primera misión y me da igual rescatar lo que sea! ¡Bueno, tampoco insultes, soy flacucho y narigudo pero soy un príncipe!

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Quiero decir que sí, que te rescataré, aunque… no estoy muy segura de querer casarme contigo. Te propongo que seamos amigos, podremos cabalgar juntos y derrotar dragones,

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Y, echando la mano al bolsillo, sonrió satisfecho mostrando la llave a María. ¡Y yo te puedo enseñar mi castillo!, creo que aún tengo la llave guardada por algún sitio

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-¡Y príncipes, no te olvides! -¿Y rescataremos princesas?

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Amanecía y el sol filtraba sus primeros rayos hasta el fondo de la habitación. ¡María, María, despierta!, vamos, arriba, tienes que ir a la escuela María se desperezó con la llamada de su madre y corrió a mirarse en el espejo.

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Ni armadura ni caballo, ni príncipe ni dragón. ¡Qué pena, todo había sido un sueño! Allí estaba de nuevo su camisón de colores.

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Recogió el cuento que aún estaba entre las sábanas y al colocarlo de nuevo en la estantería notó que de su interior caía una llave. Llave que, sin duda alguna, abre la puerta de algún castillo

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Gijón, febrero de 2010

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