MARIO VARGAS LLOSA

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MARIO VARGAS LLOSA Cintia Dorta Expósito

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Jorge Mario Pedro Vargas Llosa nació un domingo 28 de marzo de 1936 en la ciudad de Arequipa (Perú). Sus padres, Ernesto Vargas Maldonado y Dora Llosa Ureta, ya estaban separados cuando vino al mundo y no conoció a su progenitor hasta los diez años de edad. Estudió primaria hasta el cuarto año en el Colegio La Salle de Cochabamba en Bolivia. En 1945 su familia vuelve al Perú y se instala en la ciudad de Piura, donde cursa el quinto grado en el Colegio Salesiano de esa ciudad.

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Termina su educación primaria en Lima e inicia la secundaria en el Colegio La Salle. El reencuentro con su padre significa un cambio en la formación del adolescente, que ingresa al Colegio Militar Leoncio Prado de Lima, en el cual sólo estudia el tercer y cuarto año; sin embargo, termina la secundaria en el Colegio San Miguel de Piura. En 1953 regresa a Lima. Ingresa a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, donde estudia Letras y Derecho. Su opción no fue aceptada por su padre, por lo que fue una etapa sumamente difícil, más aún cuando a los dieciocho años decide contraer matrimonio con su tía política Julia Urquidi, lo que aumentó sus urgencias económicas. Paralelamente a sus estudios desempeña hasta siete trabajos diferentes: redactar noticias en Radio Central (hoy Radio Panamericana), fichar libros y revisar los nombres de las tumbas de un cementerio, son algunos de ellos.

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Sin embargo, sus ingresos totales apenas le permitían subsistir .En 1959, parte rumbo a España gracias a la beca de estudios "Javier Prado" para hacer un doctorado en la Universidad Complutense de Madrid; así, obtiene el título de Doctor en Filosofía y Letras. Después de un año se instala en París. Al principio su vida en la ciudad de la luz transcurre entre la escasez y la angustia por sobrevivir, por lo que acepta trabajos que, o bien lo mantenían en contacto con su idioma a través de la enseñanza (fue profesor de español en la Escuela Berlitz), o le permitían tener amistades literarias, como cuando fue locutor en la ORTF francesa o periodista en la sección española de France Presse.

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Los esfuerzos por llevar a cabo su vocación literaria dan su primer fruto cuando su primera publicación, un conjunto de cuentos publicados en 1959 con el título Los jefes, obtiene el premio Leopoldo Arias. Anteriormente había escrito una obra de teatro, el drama La huída del Inca. En 1964 regresa al Perú, se divorcia de Julia Urquidi y realiza su segundo viaje a la selva donde recoge material sobre el Amazonas y sus habitantes. Viaja a La Habana en 1965, donde forma parte del jurado de los Premios Casa de las Américas y del Consejo de Redacción de la revista Casa de las Américas; hasta que el caso Padilla marca su distanciamiento definitivo de la revolución cubana en 1971.

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En 1965 se casa con Patricia Llosa. De la unión nacen Álvaro (1966), Gonzalo (1967) y Morgana (1974). En 1967 trabaja como traductor para la UNESCO en Grecia, junto a Julio Cortázar; hasta 1974 su vida y la de su familia transcurre en Europa, residiendo alternadamente en París, Londres y Barcelona. En Perú, su trayectoria sigue siendo fructífera. En 1981 fue conductor del programa televisivo La Torre de Babel, transmitido por Panamericana Televisión; en 1983, a pedido expreso del presidente Fernando Belaúnde Terry, preside la Comisión Investigadora del caso Uchuraccay para averiguar sobre el asesinato de ocho periodistas.

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En el 1987 se perfila como líder político al mando del Movimiento Libertad, que se opone a la estatización de la banca que proponía el entonces presidente de la República Alan García Pérez. En el año 1990 participa como candidato a la presidencia de la República por el Frente Democrático-FREDEMO. Después de dos peleados procesos electorales (primera y segunda vuelta), pierde las elecciones y regresa a Londres, donde retoma su actividad literaria. En marzo de 1993 obtiene la nacionalidad española, sin renunciar a la nacionalidad peruana. En la actualidad colabora en el diario El País (Madrid, España, Serie Piedra de toque) y con la revista cultural mensual Letras Libres (México D.F., México y Madrid, España, Serie Extemporáneos). Los méritos y reconocimientos lo acompañan a lo largo de su carrera.

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En 1975 es nombrado miembro de la Academia Peruana de la Lengua y en 1976 es elegido Presidente del Pen Club Internacional. En 1994 es designado como miembro de la Real Academia Española. Asimismo, ha sido Profesor Visitante o Escritor Residente en varias universidades alrededor del mundo, como en el Queen Mary College y en el King´s College de la Universidad de Londres, en la Universidad de Cambridge y en el Scottish Arts. Council (Inglaterra); en el Washington State, en la Universidad de Columbia, en el Woodlawn Wilson International Center for Scholars del Smithsonian Institución, en la Universidad Internacional de Florida, en la Universidad de Harvard, etc.

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Principales obras de Mario Vargas Llosa - Los jefes (1959). - La ciudad y los perros (1962). - La casa verde (1966). - Los cachorros (1967). - Conversación en la catedral (1969). - Pantaleón y las visitadoras (1973). - La tía Julia y el escribidor (1977). - La guerra del fin del mundo (1981). - ¿Quién mató a Palomino Moreno? (1986). - Historia de Mayta (1984) y - Elogio de la madrastra (1988). - Los cuadernos de don Rigoberto (1997). - El sueño del celta (2010) 

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Duelo de caballeros bajo el resplandor de la luna Estábamos bebiendo cerveza, como todos los sábados, cuando en la puerta del "Río Bar" apareció Leónidas; de inmediato notamos en su cara que ocurría algo. -¿Qué pasa? -preguntó León. Leónidas arrastró una silla y se sentó junto a nosotros. -Me muero de sed. Le serví un vaso hasta el borde y la espuma rebalsó sobre la mesa. Leónidas sopló lentamente y se quedó mirando, pensativo, cómo estallaban las burbujas. Luego bebió de un trago hasta la última gota. -Justo va a pelear esta noche -dijo, con una voz rara. Quedamos callados un momento. León bebió, Briseño encendió un cigarrillo. -Me encargó que les avisara -agregó Leónidas. -Quiere que vayan. Finalmente, Briseño preguntó: -¿Cómo fue? -Se encontraron esta tarde en Catataos. -Leónidas limpió su frente con la mano y fustigó el aire: unas gotas de sudor resbalaron de sus dedos al suelo. -Ya se imaginan lo demás...

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INSTRUCCIONES PARA EL ARQUITECTO Es imprescindible el detalle de la chimenea, que debe poder convertirse en horno crematorio de libros y grabados sobrantes, a mi discreción. Por eso, su emplazamiento deberá estar muy cerca de los estantes y al alcance de mi asiento, pues me place jugar al inquisidor de calamidades literarias y artísticas, sentado, no de pie. Me explico. Los cuatro mil volúmenes y los cien grabados que poseo son números inflexibles. Nunca tendré más, para evitar la superabundancia y el desorden, pero nunca serán los mismos, pues se irán renovando sin cesar, hasta mi muerte. Lo que significa que, por cada libro que añado a mi biblioteca, elimino otro, y cada imagen —litografía, madera, xilografía, dibujo, punta seca, mixografía, óleo, acuarela, etcétera— que se incorpora a mi colección, desplaza a la menos favorecida de las demás. No le oculto que elegir a la víctima es arduo y, a veces, desgarrador, un dilema hamletiano que me angustia días, semanas, y que luego reconstruyen mis pesadillas. Al principio, regalaba los libros y grabados sacrificados a bibliotecas y museos públicos. Ahora los quemo, de ahí la importancia de la chimenea. Opté por esta fórmula drástica, que espolvorea el desasosiego de tener que elegir una víctima con la pimienta de estar cometiendo un sacrilegio cultural, una transgresión ética, el día, mejor dicho la noche, en que, habiendo decidido reemplazar con un hermoso Szyszlo inspirado en el mar de Paracas una reproducción de la multicolor lata de sopa Campbell de Andy Warhol, comprendí que era estúpido infligir a otros ojos una obra que había llegado a estimar indigna de los míos. Entonces, la eché al fuego. Viendo achicharrarse aquella cartulina, experimenté un vago remordimiento, lo admito. Ahora ya no me ocurre. He enviado decenas de poetas románticos e indigenistas a las llamas y un número no menor de plásticos conceptuales… Nuestro malentendido es de carácter conceptual. Usted ha hecho ese bonito diseño de mi casa y de mi biblioteca partiendo del supuesto —muy extendido, por desgracia— de que en un hogar lo importante son las personas en vez de los objetos. No lo critico por hacer suyo este criterio, indispensable para un hombre de su profesión que no se resigne a prescindir de los clientes. Pero, mi concepción de mi futuro hogar es la opuesta. A saber: en ese pequeño espacio construido que llamaré mi mundo y que gobernarán mis caprichos, la primera prioridad la tendrán mis libros, cuadros y grabados; las personas seremos ciudadanos de segunda. Son esos cuatro millares de volúmenes y el centenar de lienzos y cartulinas estampadas lo que debe constituir la razón primordial del diseño que le he encargado. Usted subordinará la comodidad, la seguridad y la holgura de los humanos a las de aquellos objetos.

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LA SEMANA IDEAL —Mi secretaria llamó a Lufthansa y, en efecto, tu pasaje está allí, pagado —dijo don Rigoberto—. Ida y vuelta. En primera clase, por supuesto. —¿Hice bien en mostrarte esa carta, amor? —exclamó doña Lucrecia, azoradísima—. ¿No te has enojado, no? Como prometimos no ocultarnos nada, me pareció que debía mostrártela. —Hiciste muy bien, reina mía —dijo don Rigoberto, besando la mano de su esposa—. Quiero que vayas. —¿Quieres que vaya? —sonrió, se puso grave y volvió a sonreír doña Lucrecia—. ¿En serio? —Te lo ruego —insistió él, los labios en los dedos de su mujer—. A menos que la idea te disguste. ¿Pero, por qué te disgustaría? Aunque es un programa de nuevo rico y algo vulgar, está elaborado con espíritu risueño y una ironía infrecuente entre ingenieros. Te divertirás, amor mío. —No sé qué decirte, Rigoberto —balbuceó doña Lucrecia, luchando contra el sonrojo—. Es una generosidad de tu parte, pero... —Te pido que aceptes por razones egoístas —le aclaró su marido—. Ya sabes, el egoísmo es una virtud en mi filosofía. Tu viaje será una gran experiencia para mí. Por los ojos y la expresión de don Rigoberto, doña Lucrecia supo que hablaba en serio. Hizo, pues, el viaje, y al octavo día regresó a Lima. En la Corpa le dieron la bienvenida su marido y Foncito, éste con un ramo de flores envueltas en papel celofán y una tarjeta: «Bienvenida al terruño, madrastra». La saludaron con muchas muestras de cariño y don Rigoberto, para ayudarla a ocultar su turbación, la abrumó a preguntas sobre el tiempo, las aduanas, los horarios alterados, el jet lag y su cansancio, evitando toda aproximación al material neurálgico. Rumbo a Barranco, le dio relojera cuenta de la oficina, el colegio de Fonchito, los desayunos, almuerzos y comidas, durante su ausencia. La casa brillaba con un orden y limpieza exagerados. Justiniana había mandado lavar los visillos y renovar el abono del jardín, tareas que tocaban sólo a fin de mes. Se le pasó la tarde abriendo maletas, en conversaciones con el servicio sobre temas prácticos y respondiendo llamadas de amigas y familiares que querían saber cómo le había ido en su viaje de compras navideñas a Miami (la versión oficial de su escapada). No hubo el menor malestar en el ambiente cuando sacó los regalos para su marido, su hijastro y Justiniana. Don Rigoberto aprobó las corbatas francesas, las camisas italianas y el pulóver neoyorquino y a Foncito los jeans, la casaca de cuero y el atuendo deportivo le quedaron caballito. Justiniana dio una exclamación de entusiasmo al probarse, sobre el delantal, el vestido amarillo patito que le tocó. Luego de la cena, don Rigoberto se encerró en el cuarto de baño y demoró menos de lo acostumbrado con sus abluciones. Cuando regresó, encontró el dormitorio en una penumbra malherida por un tajo de luz indirecta que sólo iluminaba los dos grabados de Utamaro: acoplamientos incompatibles pero ortodoxos de una sola pareja, él dotado de una verga tirabuzónica y ella de un sexo liliputiense, entre kimonos inflados como nubes de tormenta, linternas de papel, esteras, mesitas con la porcelana del té y, a lo lejos, puentes sobre un sinuoso río. Doña Lucrecia estaba bajo las sábanas, no desnuda, comprobó, al deslizarse junto a ella, sino con un nuevo camisón —¿adquirido y usado en el viaje?— que dejaba a sus manos la libertad necesaria para alcanzar sus rincones íntimos. Ella se ladeó y él pudo pasarle el brazo bajo los hombros y sentirla de pies a

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