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El cielo en la prehistoria Carito Ara Miki Delfi
El cielo en la prehistoria Desde la más profunda antigüedad, el hombre ha contemplado los cielos y se ha maravillado con su aspecto. Debieron encontrarse indefensos frente a las inclemencias del medio ambientes y los fenómenos naturales como la lluvia, la sequía, el frío o el calor. Tuvieron que sembrar en su mente más miedo y temor por lo desconocido, que admiración.
El cielo en la prehistoria No podemos determinar con exactitud cuáles fueron las explicaciones que construyeron en su mente al contemplar el Sol, la Luna y las estrellas, sin embargo, numerosos indicios en el planeta en donde habitó el hombre nos demuestran que la astronomía es uno de los intereses más antiguos en las culturas.
El cielo en la prehistoria Los que se encontraban en el hemisferio norte, si miraban al norte veían las estrellas girar una vez por día. En el sentido contrario a las agujas del reloj, giraba una estrella muy brillante, hoy conocida como Estrella Polar. Para los que estaban en el sur, las estrellas parecían salir y ponerse como el Sol.
El cielo en la prehistoria El hombre primitivo estuvo siempre muy interesado en el día y la noche, el Sol y la Luna, observando que los cuerpos celestes se movían en forma regular y los eclipses que no podía comprender. La primer utilidad fue la de medir el tiempo y orientarse, para sembrar y recoger las cosechas, y para las celebraciones, y la de orientarse en lo desplazamientos y viajes. En la Edad de Piedra hace 4.000 años aproximadamente, eran agricultores.
El cielo en la prehistoria Necesitaban saber cuando sembrar sus cosechas y para ello elaboraron calendarios, construyendo monumentos de piedra. Varios de ellos se han conservado hasta hoy, siendo los más famosos los de Stonehenge en Inglaterra y Carnac en Francia.
El cielo en la prehistoria Todos estos monumentos tienen piedras alineadas hacia la salida del sol en el día más corto, llamado solsticio de invierno. Esto les indicaba cuando comenzaba el ciclo anual. Stonehenge, se construyó en varias fases entre los años 2.200 y 1.600 A.c.. Su utilización como instrumento, permitió al hombre realizar un calendario bastante preciso y predecir eclipses lunares y solares.
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